El manual de Jorge Rodríguez: negociar, repartir y preservar el poder
Venezuela vuelve a encontrarse ante una mesa de negociación.
Jorge Rodríguez, por la Asamblea Nacional electa en 2020, y Dinorah Figuera, al frente del Parlamento electo en 2015, encabezan un proceso presentado como una ruta hacia la estabilización institucional, la recuperación democrática y unas futuras elecciones, sin embargo, la primera reacción de buena parte de la ciudadanía no ha sido la esperanza sino la duda y el escepticismo.
Venezuela ha conocido demasiadas negociaciones que concluyen con declaraciones generales y mecanismos de reparto, mientras permanecen sin respuesta los asuntos esenciales: el derecho a elegir, la restitución de derechos políticos, la independencia judicial, la libertad de los presos políticos, el retorno de los exiliados y la reconstrucción de la confianza pública.
La actual negociación tiene, además, una particularidad que no puede soslayarse: sus interlocutores no llegan con una legitimidad política plenamente renovada ante el país.
Jorge Rodríguez conduce una Asamblea Nacional cuya elección fue cuestionada por los sectores nacionales e internacionales; Dinorah Figuera representa la continuidad institucional del Parlamento elegido en 2015, cuyo período constitucional ordinario concluyó hace once años.
Ambas instancias existen en una realidad política excepcional y hoy dialogan bajo una presión e influencia decisiva de Estados Unidos, especialmente de su Departamento de Estado, que ha expresado respaldo a un proceso de transición cuyo punto de llegada serían elecciones democráticas.
Ese dato no invalida automáticamente la conversación, la mediación, la presión o el acompañamiento internacional pueden ser útiles cuando un país ha perdido sus canales internos de entendimiento.
Pero sí obliga a formular una exigencia democrática: que Venezuela no sea tratada como un territorio administrado desde afuera, donde las élites negocian la distribución del poder sin consulta real con la sociedad, la comunidad internacional puede acompañar; pero no debe sustituir la voluntad soberana de los venezolanos, por ello resulta estruendoso la ausencia del liderazgo de María Corina Machado en las negociaciones.
José Ortega y Gasset dejó una advertencia que conserva vigencia: “El Estado es siempre, cualquiera que sea su forma, una invitación que un grupo de hombres hace a otros grupos humanos para ejecutar juntos una empresa”.
La frase remite a una idea sencilla y profunda: las instituciones no pueden existir para sí mismas, ni para las cúpulas que las ocupan.
Su razón de ser es servir a un proyecto nacional compartido.
Cuando el Estado se vuelve un mecanismo de protección de intereses partidistas, deja de convocar al país y comienza a separarse de él.
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