Shaun Edwards, el hombre de acero que llega a los Pumas con su Blitz Defence para evitar tries fáciles
La segunda mitad del siglo XIX vio un nuevo orden del mundo.
La revolución industrial y las leyes laborales organizaron a Inglaterra de manera que los sábados eran el día de descanso.
Por eso el horario del fútbol quedó instalado para las 3 de la tarde (la televisión luego lo modificaría levemente, para una mayor rentabilidad).
Los salarios habían mejorado y la clase obrera podía permitirse pagar entradas para ver un partido.
El deporte era un negocio que se volvía rentable.
Muchos clubes de fútbol ya pagaban por debajo de la mesa a los jugadores.
Si bien todos tenían un trabajo aparte, el salario del futbolista compensaba las horas dedicadas al deporte y cubría gastos por lesiones.
En 1888, la Football Association creó la liga profesional.
En el rugby apareció un grieta: la elite y el establishment del sur, la clase obrera del norte y una línea imaginaria en el medio.
En el norte, los equipos eran de obreros que querían cobrar por jugar, al igual que en el fútbol.
En el sur la dirigencia, que provenía de escuelas privadas y defendía al rugby como un valor moral, se oponía -y lo hizo por cien años- a que el deporte se volviera profesional.
Así, veinte clubes del norte de Inglaterra renunciaron a la Rugby Football Union para formar la federación propia y nació la Northern Football Union, que hizo su propia liga.
El rugby que jugaban era el mismo.
Algunos años después, algunas reglas cambiaron.
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