El reflejo de la luna
Pocas postales porteñas pueden dar mayor sensación de melancolía o incluso de poética tristeza que la que exhibe, en un escenario nocturno, el reflejo de la luna sobre el empedrado mojado .
Si además llueve y la cuadra está vacía y en silencio, la imagen tiene todavía más fuerza.
Es como la portada de un disco de tango.
Me tocó una noche de este octubre lloviznoso caminar por un paisaje como ese.
Pensé entonces, con algo de pena, que ya no quedan tantas calles adoquinadas.
El asfalto fue ganando terreno.
Es que habrá que reconocer que la poesía del adoquín no se lleva bien con la suspensión de los autos.
Recordé entonces uno de los versos más lindos que nos dio la lírica tanguera.
Está en “Melodía de arrabal”, cuando Carlitos Gardel le canta a su viejo barrio: “Perdoná si al evocarte se me pianta un lagrimón que al rodar en tu empedrao es un beso prolongao que te da mi corazón”.
Nadie diría algo tan bonito sobre una cinta asfáltica.
Hay que decir que el empedrado porteño tiene una historia muy rica, que comenzó allá lejos y hace tiempo, en el siglo XVIII, cuando la ciudad no tenía ni tantas manzanas ni tantas calles, y todas ellas eran de tierra.
De fango, cuando llovía.
Un verdadero engorro para peatones, caballos y carretas que debían cruzarlas o recorrerlas.
El primer registro de algo parecido al adoquinado tiene que ver con el gobernador Miguel de Salcedo , en 1734, que mandó hacer un camino de piedras para pasar de la puerta del Cabildo a la Catedral.
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