Racismo en el fútbol: tolerancia cero, verdad y justicia deportiva
El fútbol puede ser pasión, rivalidad y competencia.
Lo que nunca puede ser es un territorio habilitado para el racismo, la xenofobia o cualquier otra forma de discriminación.
Un insulto racista no constituye una provocación propia del juego ni puede justificarse por la tensión de un resultado: es una agresión directa contra la dignidad humana .
Frente a estos episodios no alcanzan los comunicados de repudio.
Las instituciones deben reaccionar, preservar las pruebas, identificar a los responsables y aplicar sanciones ejemplares.
Pero esa obligación también demanda prudencia y rigor: defender una causa fundamental no significa condenar sin investigar.
Cuando un futbolista denuncia una expresión discriminatoria, el árbitro debe activar inmediatamente el protocolo correspondiente .
En ese momento, su responsabilidad no consiste en determinar si el hecho ocurrió exactamente como fue relatado.
Debe proteger al denunciante, informar lo sucedido y evitar que una eventual agresión continúe.
La activación del protocolo es una medida preventiva, no una sentencia anticipada contra una persona, un club o toda una parcialidad .
La verdad debe establecerse posteriormente mediante una investigación seria.
El informe arbitral, las imágenes, los micrófonos ambientales, las cámaras sectorizadas, los testimonios y los registros de seguridad deben analizarse en conjunto.
Que una cámara no haya captado el insulto no demuestra necesariamente que no existió.
Pero la sola denuncia tampoco puede ser suficiente para establecer automáticamente una culpabilidad o imponer una sanción colectiva .
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