De una “casa libélula” a una “escuela mirador”: múltiples formas de habitar el mundo
Desde una casa-taller de 1900 en Barracas, donde vive y trabaja el artista Marcos López , hasta el bosque de alisos que rodea las tres salas al aire libre de Malba Puertos , en Escobar, o una “escuela mirador” en Perú.
Desde una biblioteca privada abierta a todo público sobre el Paraná, hasta una casa con forma de libélula en el delta de ese río, rodeada de sauces, o una residencia de artistas sobre los acantilados de Chapadmalal.
Todas esas formas de habitar el planeta se cuentan entre los proyectos presentados por 85 estudios de distintos países en la muestra Habitar , que se inaugura hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes .
Es la señal de largada de la 20ª edición de la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires , que se extenderá hasta fines de octubre con quince exposiciones en varias sedes de la ciudad, durante un mes dedicado a esta disciplina y el diseño .
“En estos cuarenta años pasamos tantas situaciones en el país, que en algunos momentos nos planteamos si tenía sentido continuar.
Siempre la respuesta fue sí, porque el legado de Jorge fue: ‘Sí, hay que hacer’ ”, dijo el arquitecto Carlos Sallaberry al recordar a Jorge Glusberg , impulsor de este encuentro.
“Le gustaba la competencia –agregó-, y quería ver si podíamos ser mejores que la Bienal de Venecia o la de San Pablo ”.
“ Era un trabajo mucho más artesanal -dice ahora a LA NACION Matías Glusberg , su hijo y otro de los integrantes del comité ejecutivo de la bienal-.
La idea siempre fue mostrar arquitectura en espacios públicos, como el Teatro San Martín y el Centro Cultural Recoleta, que ese momento era dirigido por Osvaldo Giesso .
Después, cuando mi viejo comenzó a ser director del Bellas Artes, hizo una o dos ediciones en el museo, en las cuales los arquitectos participaban con instalaciones de sitio específico.
Clorindo Testa , Justo Solsona y Mario Roberto Álvarez eran tres pilares”.
Por entonces, agrega su madre, solían levantarse a las cuatro de la madrugada para preparar la bienal, y era frecuente que Matías se quedara dormido en algún rincón.
“Él mamó de chico lo que es ser arquitecto”, asegura Amelia, que se dedicaba entre otras cosas a recibir y clasificar los proyectos que llegaban desde el exterior.
En su casa, además, recibía a los profesionales que venían de visita.
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