Mijail Bakunin, filósofo ruso: “La libertad de cada uno no encuentra un límite en la libertad de los demás, sino su prolongación y su ampliación al infinito”
En el imaginario colectivo occidental, existe un dogma jurídico y moral que se repite casi como un mantra: “Mi libertad termina donde empieza la del otro”.
Esta noción, pilar del liberalismo clásico y de las democracias modernas, concibe la convivencia humana como un pacto de mutua contención, donde el prójimo es, en última instancia, una frontera o una amenaza potencial.
Sin embargo, a mediados del siglo XIX, un gigante barbudo y trashumante pateó el tablero de la filosofía política.
Fue Mijail Bakunin , el gran teórico y activista del anarquismo colectivista, el que escribió: “La libertad de cada uno no encuentra un límite en la libertad de los demás, sino su prolongación y su ampliación al infinito”.
La frase, que condensa su visión humanista, revolucionaria y antiburguesa, aparece formulada con matices similares en varios de sus manuscritos fundamentales de finales de la década de 1860 y principios de 1870, tales como Dios y el Estado y El principio del Estado .
Esta idea nace en la Europa convulsa que va desde las revoluciones de 1848 hasta la caída de la Comuna de París en 1871.
Bakunin no era un intelectual de biblioteca al estilo de su gran rival, Karl Marx ; era un hombre de acción que participó activamente en insurrecciones armadas por todo el continente, lo que le valió años de prisión en fortalezas rusas, destierro en Siberia y una espectacular fuga a través de Japón y Estados Unidos para regresar a la primera línea de la lucha social.
Cuando escribe estas reflexiones, Bakunin se encuentra en plena disputa ideológica dentro de la Primera Internacional de los Trabajadores.
El debate no era menor: mientras los marxistas defendían la necesidad de conquistar el poder político y establecer una “dictadura del proletariado”, el revolucionario ruso advertía que cualquier Estado, incluso uno supuestamente obrero, que ponga de protagonista a los trabajadores, terminaría convirtiéndose en una nueva tiranía.
Para fundamentar su rechazo a toda autoridad impuesta, necesitaba demostrar que la libertad humana no es un hecho aislado ni un derecho natural preexistente que el Estado debe “regular”, sino un producto histórico que solo se construye colectivamente.
La enorme importancia de este pensamiento radica en que rescata la libertad del egoísmo individualista.
Para Bakunin, el ser humano aislado no es libre, sino una bestia esclava de la naturaleza.
La libertad real es un reflejo de la libertad de los demás.
En Dios y el Estado lo explica con claridad meridiana: “Solo soy verdaderamente libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres”.
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