Cada uno en su casa pero a pocas cuadras: por qué vivir cerca de quienes queremos cambia la manera de envejecer
Crecí en un pueblo del sur que tenía trece manzanas de largo por veinte de ancho.
Las recorría todos los días para ir al colegio, al parque, al cementerio, pero sobre todo para encontrarme con las amigas.
Virginia vivía cruzando la calle, y Silvia a la vuelta de la esquina.
Marcelo al final de Patagones, casi donde terminaba todo y empezaban los médanos y tamariscos.
Ahora que vivo hace veinte años a dos cuadras de la escuela a la que mis hijos dejaron hace rato de ir, me pregunto cada tanto lo mismo.
Muy lejos de mis amigas y mi familia, ¿y por qué? ¿Acaso no podemos mudarnos todas al mismo barrio y encontrarnos en la plaza, el café, o pasar a tomar un mate cuando queramos? No soy muy original y la pregunta no es solo mía.
Vivir cerca, a distancia caminable, en el mismo edificio o el mismo barrio empieza a aparecer como un deseo y una elección posible.
No se trata de la gran movida de construcción de comunidad que implica el cohousing o la vivienda compartida, pero nace de las mismas ganas.
Envejecer cerca de los afectos, en red, en comunidad. ¿Y si alquilamos todas cerca? Parece una opción ahí nomás, al alcance de la mano.
Y una promesa de compañía, salidas y encuentros.
Cada una conserva su puerta Antes de cualquier otra cosa conviene distinguir de qué no está hablando esta idea.
No es cohousing: no hay proyecto institucional, terreno a comprar, cooperativa a armar, espacios comunes a diseñar ni reglamentos a firmar.
No es coliving ni home sharing: no se comparte cocina, limpieza, gastos ni ningún tramo de la vida doméstica.
Cada una tiene su vivienda, su economía, su intimidad.
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