De Mendoza a Alabama, es científico y a las 5 de la mañana se enteró del nobel de su amigo: “Hay que ayudar a la suerte”
Un cielo inmenso, oscuro, nítido, repleto de estrellas.
En la finca de sus abuelos maternos, en Real del Padre, un pequeño pueblo del sur mendocino, Marcos Santander levantaba la mirada y se quedaba fascinado.
Era la década del 80, todavía no había internet ni teléfonos inteligentes y las noches ofrecían un espectáculo que, para aquel chico, parecía inagotable.
Tenía un abuelo que conocía las constelaciones y le contaba historias sobre ellas.
Marcos no imaginaba entonces que un día se convertiría en astrofísico, que viviría en Estados Unidos ni que trabajaría en uno de los experimentos científicos más importantes del mundo.
Simplemente le gustaba mirar el cielo.
Su abuelo y las noches despejadas de Mendoza Había, además, una historia familiar detrás de aquella fascinación.
Sus abuelos maternos habían nacido en Bacares y Bayarque, dos pueblos de Andalucía, en el sur de España.
Su abuelo había crecido en las montañas de Almería, donde trabajaba como pastor de ovejas y aprendió a reconocer las estrellas del hemisferio norte.
Cuando emigró a la Argentina, incorporó también las constelaciones del sur.
De grande, le transmitió ese conocimiento a su nieto y le habló de las Pléyades, de Orión y de aquellos siete cabritos que él nombraba como en su tierra natal.
La astronomía empezó así, mucho antes de convertirse en una disciplina de estudio, entre las noches despejadas de Mendoza y las conversaciones con un hombre que había aprendido a orientarse mirando hacia arriba.
Marcos había nacido en General Alvear, pero creció principalmente en San Rafael.
La finca familiar estaba en Real del Padre, en el límite entre ambos departamentos, un lugar donde la escasa contaminación lumínica permitía observar la Vía Láctea con una claridad que todavía recuerda.
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