El aguante de Oblak y la rabia de Julián Álvarez rescatan un punto de oro ante Stuttgart en la tercera jornada de la Champions League
Memorias, fantasmas y necesidad.
Esa era la noche que tenía por delante el Atlético de Madrid en Stuttgart.
Porque se abría la puerta del estadio que dio el primer título europeo a las vitrinas rojiblancas y porque Julián Álvarez volvía a partir de inicio con una misión obligatoria: romper cinco meses de sequía goleadora.
Y bien que lo hizo.
Por la escuadra.
Nada más empezar la segunda parte.
Celebración con rabia.
Pero hasta ahí, bien porque en la primera parte fue un monopolio alemán , bien porque acto seguido Hjulmand compró todas las papeletas para que le tocara la peor de las tarjetas.
Ejercicio de sufrimiento y empate con sabor a algo más.
Las buenas sensaciones que había dado el equipo del Cholo en sus últimos compromisos, se las iba a comer el MHPArena, que fue un dolor de muelas desde el primer segundo.
Literalmente.
No habían terminado de recoger el espectacular tifo de la afición alemana cuando Oblak tuvo que aparecer por partida doble ; primero tras una pérdida de Marcos Llorente y una prodigiosa a El Khannouss.
Después para embolsar en dos tiempos un disparo desde la frontal a la salida del córner propiciado por el paradón anterior.
El caso es que el recital había empezado.
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