La intemperie, vivienda pública
España ha partido la vivienda en dos mitades igualmente enloquecidas.
Por una puerta, irrumpen los okupas, con la almohada al hombro y unas prisas tribales.
Por la otra, entra un pijerío selecto, con una reserva digital, una maleta de ruedas y tres mil euros para pillar un mes en un apartamento monísimo, donde una chimenea de postal seguramente también abona un alquiler.
Entre unos y otros, vamos quedando los demás, que somos la clase media del felpudo, cuando ya no hay felpudos ni clase media.
El Gobierno insiste en la empresa pública de vivienda bajo el júbilo dudoso de quien inaugura el agua cuando ya se nos ha incendiado la casa.
La política española, últimamente, tiene mucho de empresa de mudanzas, porque siempre llega cuando los muebles están en la calle.
Esto nos sirve para la anciana del desahucio en Madrid , y para Ceuta en general.
Entretanto, el alquiler sube, la propiedad consagra su aristocracia y encontrar piso constituye una oposición del Estado, pero sin plaza y con fianza seria.
La vivienda es un derecho, pero es un lujo, en rigor.
Ahora hay casas para vivir, que son las menos, casas para invertir, que son las más, y casas para enseñar por internet, donde no vive nadie, porque la vida mancha mucho las tapicerías.
La necesidad ha fundado su propia inmobiliaria, sólo que sin oficina, sin escrituras y con una palanca.
Es el desahucio al revés.
Primero se toma la casa y luego se discute quién tenía derecho a quedarse fuera.
La miseria ha aprendido a organizarse por plantas.
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