Políticas que matan, políticas que salvan
Hay personas a las que matan mucho antes de morir.
Ocurre el día que una madre tiene que elegir entre llenar la nevera o comprar unas zapatillas para su hijo.
El día que un anciano decide no encender la calefacción y se acostumbra a decir que no tiene frío.
El día que una mujer sigue conviviendo con su maltratador porque no tiene adónde ir.
El día que Maricarmen tiene que marcharse de su casa.
Hay muchas maneras de quitarle la vida a alguien sin que deje de respirar.
Algunas consisten en arrebatarle poco a poco las razones para levantarse cada mañana.
Otras, en hacerle creer que no merece nada mejor porque no "se lo ha trabajado lo suficiente".
O la más triste, conseguir que alguien se acostumbre al sufrimiento, que deje de pedir ayuda, que termine creyendo que vivir así es lo que le ha tocado.
En esos confines a los que la vida nos arrastra, casi siempre sin previo aviso y rara vez por merecimiento, se ve la verdadera distancia entre las políticas que matan y las políticas que salvan.
Existe un instante en el que la dignidad deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una necesidad urgente, casi desesperada.
Un real decreto, por ejemplo.
Hay muchas maneras de quitarle la vida a alguien sin que deje de respirar [...]; la más triste, conseguir que alguien termine creyendo que vivir así es lo que le ha tocado Ahí, en la fragilidad de quienes apenas conservan fuerzas para sostenerse, es donde debiera medirse la altura moral y humana de una sociedad.
En su capacidad para amparar a quienes la adversidad ha dejado a la intemperie, mucho más que en la grandilocuencia de sus proclamas.
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