La ley del Salvaje
Hace 13 años, una niña de tan sólo seis años se convertía en la víctima más injusta de esa vieja costumbre, elevada a categoría de ley, que dicta los designios de muchos clanes españoles.
Un ojo por ojo que se les fue de las manos a los miembros de una conocida familia del Polígono Sur.
Fueron a ajustar cuentas con un camello de poca monta y acabaron agujereando la fachada de la vivienda equivocada, matando a una pequeña que estaba tranquilamente viendo la tele en el salón de su casa.
Su familia aceptó una indemnización millonaria y el juicio se cerró con un acuerdo bochornoso, rubricado con la firma del fiscal y del juez.Una década después, esa ley tribal basada en la venganza ha vuelto a dictar sentencia a la vista de todos en Isla Cristina.
Dos mujeres, una de ellas embarazada, y un adolescente, que tuvo la mala suerte de estar en el lugar y hora equivocados, son la condena firmada por dos asesinos, que han cumplido los deseos de uno de esos clanes que juraron vengarse en 2024 en la barriada onubense del Torrejón; un lugar donde esa suerte de ley del talión revisada a lo bestia sigue de lo más vigente.El resto de la sociedad, la que se mide por normas recogidas en textos legales, revisadas y elaboradas por los poderes que conforman un estado de derecho, es el temeroso espectador que además debe andarse con cuidado incluso a la hora de llamar a las cosas por su nombre, sin ser tachado de racista o clasista cuando intenta censurar lo que son conductas propias de bárbaros.
En El Torrejón, como en el Polígono Sur, hay un grave problema social que está intimamente relacionado con esa ley no escrita de dictar sentencia a través de la venganza.
No hay justificación cultural ni antropológica para que esos códigos sigan funcionando en pleno siglo XXI.
Romper con la tradición es una misión titánica, como muestran los millones invertidos en programas sociales que fracasan en su objetivo de revertir esa exclusión social en la que no pocos viven confortablemente sin darle explicaciones a nadie.
Pero si queremos ponerle cordura a esto, por algún sitio se debe empezar, y quizás un primer paso sería centrar más los recursos policiales en frenar el ingente tráfico de armas que se mueve en determinados lugares.
Matar para estos salvajes es tan fácil como apretar el gatillo.
Y se lo estamos poniendo fácil, muy fácil cuándo erramos en la interpretación del problema -no, no es una cuestión puramente de narcotráfico- y en minimizar sus consecuencias.
A pesar de los torpes intentos de las autoridades para llamar a la calma, la realidad es bien distinta.No hay nada bajo control.
La venganza sólo llama a la sangre y no será ahora, quizás tarde en cumplirse, pero esta ley salvaje sólo se dicta con cadáveres encima de la mesa.
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