25 años después
Ahora que ya han terminado casi todas las fiestas de septiembre se puede hablar sin miedo a ser lapidado del insólito grado de absurdez que alcanzamos cuando en la plaza mayor suben la música, te ponen el vino en vaso de plástico y la gente se arremolina como si no hubiera mañana alrededor de barras de bar abarrotadas con millones de croquetas caseras de la abuela Pruden.
Un día cualquiera de no sé qué semana en no sé qué ciudad me crucé con un matrimonio ataviado con una de esas camisetas de peñistas con un diseño hecho con inteligencia artificial en el que se podía leer «25 años después».
Efectivamente, los peñistas podían y debían haber hecho algo similar hace, por lo menos, dos décadas porque ambos estaban más cerca de los cincuenta que de los cuarenta.
En las manos llevaban dos bolsas de plástico como las que acarrearon en su juventud.
De ellas sobresalían botellas de brebajes para mí desconocidos pero que supongo nada se debían de parecer a las que en su día compraron porque todas ellas aparentaban, al menos, calidad.
Esa calidad que te puedes permitir con el paso de los años aunque la economía familiar esté de saldo.
Bien vale el esfuerzo para recordar aquellas fiestas en las que probablemente se enamoraron pero con un puntito capaz de elevarnos sobre el común de los adolescentes borrachos a base de marca blanca.La escena podría resultar hasta enternecedora.
El destino de la pareja, como su camiseta proclamaba, era una peña de colegas que acarreaban carritos de bebés, bolsas repletas de bebida y muchas, muchas entradas en la frente.
Pantalones piratas de esos que borran la dignidad hasta a James Bond y vasos de cartón en la mano, en la cabeza y hasta apoyados sobre las barras ergonómicas con las que ahora se empujan los carritos de los niños que no han podido endosarse a los solícitos abuelos.
Esto último transmutaba la estampa de enternecedora a brutal, preocupante… Unas fiestas patronales son momentos en los que rememorar los ritos que nos hicieron lo que y cómo somos.
Son momentos en los que la sociedad se hermana en las calles para abandonar el tedio de la cotidianeidad, de la rutina y hasta del trabajo.
Cosa bien distinta es pretender emular lo que ya no somos a costa de nuestra dignidad y de nuestra progenie.
Todo el mundo tiene derecho a hacerse microinjertos capilares y a aumentar la talla de pecho pero eso no es óbice para transfigurarse en un adolescente hormonado cuando lo que llevas en una mano es una botella y en la otra a un futuro ciudadano pleno de derechos y responsabilidades.
Aunque hayamos dejado de beber a morro y lo hayamos cambiado por un vaso de cartón reciclado el efecto es el mismo.
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