Princesita del cuento
No eres siempre la princesita del cuento.
Y menos mal.
Menos mal porque me cansan los relatos donde todo encaja, donde la poesía se convierte en prosa, las novelas para muertos tienen el amor limpito, nadie duda, las heroínas saben exactamente qué quieren y van a por ello con el pelo brillante, la conciencia tranquila y pudiendo dormir sin culpa por las noches, las muy hijas de...
Resulta que tú no eres eso.
Y yo tampoco.
A veces, eres torpe; a veces eres egoísta; a veces, te escondes detrás de una sonrisa bonita y una frase suave para no decir lo que realmente te quema por dentro.
A veces, juegas a ser delicada cuando en realidad estás huyendo.
A veces, me miras como si yo fuera un refugio y otras como si fuera un incendio que prefieres ver desde lejos, por si acaso.
A veces, eres eso y yo, sin querer, juzgo.
A veces, me gustaría cogerte del pescuezo y gritarte bajito que tu corazón se merecía de todo menos una puñalada, que la raja te queda bien, pero no tan arriba.
A veces, me sorprendo pensando en ti.
A veces, me sorprendo pensando en Phil Ochs, en que nos parecemos un poquillo a sus canciones: llenas de intención, de belleza y de verdad, pero siempre un poco adelantadas a la valentía de quien las escucha, como una decepción política: mucho idealismo, mucha épica, muchas hostias y, al final, nadie se salva de verdad.
Porque no eres siempre la princesita buena que sabe lo que siente.
A veces, eres la que confunde, la que se deja querer sin mirar a ambos lados, la que estira la mano y luego la retira por si se pilla los deditos.
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