En 1770, el abuelo de Darwin se apostó 1.000 libras a que inventaba una máquina capaz de hablar. Y casi las gana
El abuelo de Darwin también se llamaba Darwin y, además, era tartamudo.
Lo cuento para esquivar lo que llaman la 'tentación del biógrafo'; eso de explicar toda la vida, las ideas y objetivos de una persona por un hecho concreto de su biografía.
En este caso es necesario, claro; porque además de un excelente médico, un innovador botánico y un mediocre poeta, Erasmus Darwin fue uno de los grandes estudiosos del lenguaje del siglo XVIII.
Y, por si fuera poco, perdió 1.000 libras (de las de 1770) contra una de las figuras clave en la invención de la máquina de vapor y el nacimiento de la revolución industrial, Matthew Boulton .
El nivel de obsesión y curiosidad que le despertaba el lenguaje le llevó a pasar meses metiéndose cilindros en la boca con la intención de encontrar el lugar exacto donde se formaban los sonidos en la boca.
Hizo progresos sorprendentes.
De hecho, en uno de sus libros clave (el 'Templo de la Naturaleza'), publicó el que se considera "el primer ejemplo registrado de un estudio fonético instrumental en un hablante".
En Xataka Hace 22 años alguien robó los manuscritos del "Árbol de la vida" de Darwin.
Ahora un misterioso anónimo los ha devuelto Entre sus hallazgos, identificó 13 rasgos que diferenciaban todos los sonidos humanos y desarrolló toda una teoría sobre el origen (onto y filogenético) del lenguaje .
Fue entonces, mientras explicaba sus avances en una de esas tertulias y sociedades que poblaban la Inglaterra de la época y sentaron las bases del debate científico contemporáneo, cuando Boulton le planteó la apuesta: si tanto sabía del lenguaje no le costaría hacer una máquina capaz de rezar en voz alta.
Boulton y Darwin se conocían; es más, eran viejos amigos.
De hecho, el primero era muy consciente del ingenio tecnológico del segundo: para las oficinas de Boulton, el bueno de Erasmus Darwin había creado una pequeña proto-fotocopiadora que había el efervescente mundillo industrial de Birmingham.
Pero ni siquiera él creía que Darwin pudiera tener éxito.
Los Darwin fueron muy cabezones En "El Templo de la Naturaleza", Erasmus describió su máquina con bastante lujo de detalles: “Diseñé una boca de madera con labios de cuero suave, y con una parte trasera para las fosas nasales, que podían abrirse o cerrarse rápidamente con la presión de los dedos”.
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