Ruy González de Clavijo
Madrid tiene a veces un delicado recuerdo con algunos de sus personajes más importantes.
Este es el caso de Ruy González de Clavijo, un vecino de esta Villa que llegó al fin del mundo mientras nosotros perdimos hasta su tumba.
Vivió en el Siglo XIV en la zona de la Plaza de la Paja, en esa ciudad amurallada y al mismo tiempo embarrada en casi todas sus calles.
Aún no era capital sino poblacho y entre gallinas sueltas, ganado, caballos y chismes, Clavijo se movía entre la Corte y la taberna, pues llegó a ser camarero del Rey Enrique III de Castilla .
Esto no solo le otorgaba cierta posición, sino que también le daba acceso a los asuntos que preocupaban al monarca, así como a las inquietudes que llenaban el mentidero de Madrid .
Así, en 1403, Clavijo recibió un encargo que ocupó las conversaciones de todos los habitantes de Madrid y del resto de España: debía viajar hasta Samarcanda, hoy ciudad de Uzbekistán, para entrevistarse con Tamerlán, el conquistador más temido de Oriente, un tipo que había levantado un imperio a base de arrasar ciudades dejando tras de sí montañas de cadáveres.
Por entonces, viajar de Madrid a Burgos ya suponía una aventura.
Samarcanda debía de sonarles a los madrileños como hoy nos sonaría una dirección postal en Narnia.
Clavijo se despidió de su mujer, Mayor Arias, y comenzó un viaje que duraría tres años.
Zarpó en barco desde El Puerto de Santa María en mayo de ese mismo año.
Navegó el Mediterráneo, cruzó Constantinopla, atravesó el Mar Negro y siguió por los caminos rurales de Armenia y Persia.
En esos años, la Ruta de la Seda ya conectaba ciudades fabulosas y mercados que ofrecían especias de medio mundo.
Sobrevivir era una obligación.
Imaginen las compañías con las que debió cruzarse en tal hazaña.
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