Elogio del silencio
Oye, hijo mío, el silencio.F.
García LorcaEl ambiente festivo del verano, con su tendencia a la diversión en playas y otros lugares de esparcimiento, vuelve todos los años a plantear el problema del ruido, que con harta frecuencia se convierte en un azote para quienes aspiran al descanso y a la tranquilidad de unos días vacacionales.
La ausencia de silencio suele ser una constante en bares y terrazas veraniegas, en discotecas al aire libre e incluso en las mismas playas, cuando se agrede al público cercano con transistores y móviles a toda voz o conversaciones en tonos altos y sin control alguno.
Y es que en contraste con el culto al silencio que se respira en otros países europeos, en España el ruido está tan generalizado que no se entiende como una agresión al ciudadano sino como un hecho de poca importancia que raramente despierta la acción punitiva de nuestras autoridades.
Hay una tácita tolerancia frente a la agresividad del extremado impacto sonoro que tantas veces se prodiga entre nosotros, un dejar hacer que no repara en las molestias que el ruido ocasiona en ancianos, en personas enfermas, en niños pequeños o simplemente en quienes buscan el descanso.
Recuerdo una noche de verano en la plaza principal de la ciudad alemana de Aquisgrán, ese lugar emblemático para la historia de Europa en el que se coronaban en el pasado los monarcas del Sacro imperio romanogermánico.
La gente departía agradablemente en los veladores al aire libre.
Todo estaba animado y con muy buen ambiente.
Parecía que la noche se podría alargar sin límite de hora, tal era el bienestar que allí se respiraba.
Pero diez minutos antes de dar las doce salió del bar una empleada haciendo sonar una campanilla que llevaba en sus manos.
Era la señal de cierre del local.
Unos se levantaron de sus asientos y se marcharon de inmediato.
Otros pagaron su consumición e hicieron lo propio sin el menor recelo.
Todos habían acatado voluntariamente lo que la norma establecía para asegurar el silencio nocturno.
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