Elogio del inútil
La vida moderna trae la obsesión del rendimiento, el éxtasis de la eficacia.
Resulta que hay que existir según la agenda, haciendo abdominales de estrés y pilates de prisas.
Hasta la felicidad hay que trabajarla, premeditadamente.
Han pasado unas pocas nubes desde que eramos dichosos por descuido, durante una tarde, sin enterarnos siquiera.
Pero ahora ya no tenemos pasiones o desganas sino actividades, largas actividades laboriosas.
No practicamos el encuentro sino la vida social.
El sofá se llama autocuidado.
Si leyéramos, no está ahí el disfrute de una prosa suculenta o un poemario celeste, sino la práctica del atletismo de una zona del cerebro, el desarrollo de vocabulario y la gimnasia de la empatía.
Poco falta para que vendamos a Proust en las farmacias, y a Quevedo en los herbolarios.
Por supuesto, también sometemos la amistad al mantenimiento.
A todo le imponemos rápido un gimnasio, y el recreo lo juzgamos según traiga algún rédito, o no.
La pareja exige espacios de calidad.
Piden tiempo de calidad los hijos.
El trabajo pide trato de calidad.
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