Sedano, refugio y paisaje de Delibes
A Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) «le nacieron» en su orgullosa Valladolid, pero su pueblo, eso que siempre quiso tener desde pequeño, estaba en Burgos. «Sedano es mi pueblo y no por casualidad de haber nacido en él, sino por decisión deliberada de haberlo adoptado entre mil», escribiría.
En realidad, Sedano le sobrevino: «Yo me enamoré de Sedano casi al mismo tiempo que de mi mujer».
Tan pronto como se casaron instalaron allí su residencia de verano, su «refugio», el centro neurálgico de una familia de siete hijos y dieciocho nietos. «Desde el inicio del verano, a finales de julio, hasta mediados de septiembre, con la apertura del curso escolar, el abuelo disfrutaba de este paraje incomparable situado en el norte de Burgos», escribe Germán Delibes en 'El abuelo Delibes' .
Era un lugar donde la gente «llegaba a vieja comiendo manzanas y miel», el lugar perfecto para bañarse de tanto en tanto, –«se taponaba las fosas nasales usando los dedos pulgares, mientras que los índices hacían lo propio con los oídos», y al agua–, para seguir el Tour de Francia –a Perico, a Miguelón, al «cabrón con pintas» de Virenque–, para ver los despropósitos de España en los mundiales e incluso para escribir 'El hereje'.
Pero en el principio fue Ángeles de Castro .
Miguel era un veinteañero cuando se enamoró de la mujer de rojo sobre fondo gris .
Él veraneaba en Molledo-Portolín (Santander); ella, en Sedano, a cien kilómetros de distancia.
El transporte –ferrocarril y autocar– era complicado y caro. «Así pensé en la bicicleta como transporte adecuado.
De modo que le puse a mi novia un telegrama que decía: Llegaré miércoles tarde en bicicleta; búscame alojamiento; te quiere, Miguel. [...] Yo me sentía suficientemente compensado con mi semana en Sedano, junto a Ángeles, bañándonos en el cauce, subiendo a los picos, pescando cangrejos, cogiendo manzanas, resolviendo el damero maldito de La Codorniz en el jardín de los Gallo, donde ella paraba».Con el tiempo, Ángeles se encargaría de hacer del pueblo la habitación propia del matrimonio. «Ella lo planificó todo.
Nos costó trescientas mil pesetas, que para aquella época puede parecer bastante, pero es que la casa es de una envergadura tal, de pieza el zócalo y el resto de madera, que aún entonces su coste de mercado hubiera sido muy superior sin las componendas de mi mujer.
Aprovechaba todo lo que pillaba», recoge Ramón García Domínguez en 'Miguel Delibes de cerca'.
La primera casa que levantaron en una ladera a las afueras la fueron ampliando a medida que la familia crecía.
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