Boda bajo el sol
Mi sobrinos Salud y Santi se casaron el sábado pasado en Sevilla.
Fue un bodón de categoría.
Todo salió a pedir de boca.
El único pero fue que a la novia se le fue la mano a la hora de llevarle huevos a Santa Clara y el cielo acabó obsequiándonos con un sol de justicia.
A treinta y cinco grados, el jardín donde se celebró el festejo se convirtió en una freiduría de cogotes.
Encaramadas a sus tacones de aguja, las mujeres lograron cruzar el suelo adoquinado sin percances reseñables.
Casi todas lucían vestidos de tirantes, escotes fresquitos y faldas bien ventiladas.
Algunas afortunadas, además, llevaban sombreros que parecían sombrillas de diseño.
La mayoría de los hombres, en cambio, resignados a inmolarse por combustión espontánea, deambulaban por el recinto con chaqueta y corbata.
Los cuellos de las camisas presionaban sus cuellos como torniquetes y de sus frentes lustrosas manaban arroyos de sudor que amenazaban con desembocar en las bandejas de las viandas.
Menos mal que las gambas llevaban gabardina.
A las cinco horas de baño turco cometí lo que para la inquisición de las buenas maneras constituyó un crimen de lesa etiqueta: me quité la americana.
La doblé con pulcritud sobre el respaldo de una silla, conservé los gemelos en los ojales de los puños y mantuve el nudo de la corbata ceñido a la nuez, como una muestra de decoro.
Como buen mamífero racional preferí oxigenar mis órganos vitales antes que ser evacuado por los servicios de emergencia.
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