Adam Smith contra nuestro tiempo
Se cumplen 250 años de la publicación de La riqueza de las naciones y, contra todo pronóstico, Adam Smith vuelve a resultar incómodamente actual.
No porque tenga respuestas mágicas para todos los problemas, sino porque plantea preguntas que nuestras élites políticas parecen empeñadas en no formular.Hace unos días, el profesor Juan Tugores evocó esta efeméride en una brillante conferencia organizada por el Club Tocqueville en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona.
Al escucharle, uno tenía la sensación de que, más que conmemorar un aniversario, estábamos asistiendo a una impugnación de muchos de los lugares comunes que dominan el debate económico de nuestro tiempo.Vivimos en la era de la intervención permanente.
Derechas e izquierdas compiten por decidir quién dirige mejor la Economía, quién selecciona los sectores estratégicos, quién protege a las empresas nacionales o quién distribuye con mayor eficacia los recursos.
En medio de esta fiebre regulatoria, un escocés del siglo XVIII sigue formulando una pregunta incómoda: ¿de dónde surge realmente la riqueza?La respuesta de Smith conserva hoy una sorprendente capacidad subversiva.
La prosperidad no nace del poder político.
No procede de los decretos, los subsidios ni los planes gubernamentales.
Surge de la capacidad de millones de personas para trabajar, innovar, ahorrar, invertir, emprender e intercambiar libremente.
Una verdad tan elemental que con frecuencia resulta insoportable para quienes imaginan la sociedad como una maquinaria susceptible de ser diseñada desde un despacho.Europa ofrece actualmente un ejemplo revelador.
Como subrayó Juan Tugores durante su conferencia, se habla mucho de derechos, de cohesión social y de modelo de bienestar, pero bastante menos de productividad.
Sin embargo, el gran mensaje de Smith sigue siendo que la riqueza no se distribuye antes de crearse.
La cuestión no es menor para una Europa que aspira legítimamente a preservar su modelo social, pero que acumula retrasos crecientes en productividad, innovación y competitividad.
Lo que recordó Tugores es exactamente lo que ya había comprendido Smith hace dos siglos y medio: no existe bienestar sostenible sin creación previa de riqueza.
Un país puede repartir durante algún tiempo más de lo que produce, pero no indefinidamente.
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