José Sacristán, el hombre como estrellato
José Sacristán tiene una voz donde ha fumado España.
Me refiero a una voz con sótano, con madera usada, con algún domingo de posguerra todavía mal dormido entre las sílabas.
Habla Sacristán y parece que alguien hubiera dejado abierta la puerta de un gran café antiguo.
Le basta armar el párrafo, y enseguida asoma un país de gabardinas fatigadas, tranvías nostálgicos, padres severos y chavales que aprendieron demasiado pronto que la vida no venía con instrucciones.
Sacristán es un actorazo, pero no parece actor.
Parece hacer vivido todos los personajes antes de ir a interpretarlos.
Ahora le han dado el Premio de Cultura de la Comunidad de Madrid, y es un dulce susto la noticia, porque a mí siempre me ha parecido que Sacristán tiene todos los premios.
Dirá amén, y a otra cosa.
Gasta esa la cara larga de quien conoce el precio de las cosas aunque ya pueda pagarlas.
También la nariz mitológica, las canas de bohemia, los ojos de ironía alertada.
Algunos actores entran en escena llevando consigo una estrella, y Sacristán entra llevando un hombre.
Su estrellato es el hombre.
Tiene tirón entre las mujeres, y tirón entre los jóvenes, que le respetan el magisterio.
Nació en Chinchón, pero podría haber nacido en cualquier cocina española donde la sopa era más abundante que las explicaciones.
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