Mi paraíso en Grecia: Corinto, la ciudad entre dos mundos que fue «Las Vegas de la antigüedad»
Desde la cima de Acrocorinto, la acrópolis de la antigua ciudad de Corinto, el viento cálido sopla con fuerza y el silencio solo lo rompe el incansable canto de las chicharras.
Aquí, a 570 metros de altura, se distinguen dos mares: hacia el este, el golfo de Corinto; hacia el oeste el golfo Sarónico.
En los días despejados se llega a ver la llanura de Argos, las montañas del Peloponeso y las costas de la Grecia central.
Basta contemplar estas vistas, desde las que se dominan las principales rutas marítimas y terrestres, para comprender por qué en este enclave surgió una de las ciudades griegas más poderosas y cosmopolitas de la Antigüedad.Llegar hasta Acrocorinto no es tarea fácil: el ascenso comienza entre olivos centenarios y la imagen de sus imponentes murallas, que serpentean por las escarpadas laderas del macizo, dibujando una de las ciudadelas más impresionantes de Grecia.
La subida requiere esfuerzo, pero lo que encontramos arriba merece la pena porque, tras cruzar la primera puerta, comienzan a aparecer ante nuestros ojos cimientos de época bizantina, muros venecianos y torres otomanas, si bien conviene llevar calzado cómodo para poder caminar por las empinadas calzadas adoquinadas desgastadas por siglos de historia.La puerta entre Oriente y OccidenteA la sombra de Acrocorinto emergió la antigua ciudad de Corinto.
Su posición privilegiada, entre los dos golfos la convirtió en una auténtica puerta entre Oriente y Occidente; un lugar de encuentro de culturas, mercancías e ideas, donde convivían el lujo, el comercio y los excesos, hasta el punto de que muchos de sus habitantes actuales la comparan con Las Vegas .La clave de su poder radicaba en el Istmo, donde los corintios encontraron una solución extraordinaria para evitar la peligrosa navegación hacia el Egeo: el Diolkos, una vía pavimentada que recorría el istmo y por la qu e los barcos eran trasladados sobre plataformas de madera desde un mar hasta el otro, arrastrados por hombres y animales.
Mucho tiempo después, en el siglo XIX, se excavó el canal que corta el istmo a lo largo de ocho kilómetros para facilitar la navegación entre los dos mares.
Esta espectacular obra decimonónica sigue siendo en la actualidad una arteria marítima por la que cada año transitan más de 12.000 barcos al año, con banderas de 50 países diferentes.
En el extremo occidental del canal, los restos del antiguo Diolkos conviven con el moderno puente sumergible, recordándonos que este estrecho paso sigue siendo una vía de tránsito donde ahora los enormes petroleros se deslizan encajados entre paredes de roca de apenas 25 metros de ancho .
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