Un verano con Raymond Carver
Raymond Carver es como el verano: de él toca reponerse.
Muy pocos aspirantes a escritores han conseguido permanecer ajenos a su influjo, esa perturbadora y afeitada belleza de sus ambientes y personajes: sujetos con garfios a quienes alguien les pide sostener una cámara y hacer una fotografía; moteles anodinos; cocinas sucias y trabajos precarios con los que empedró, relato a relato, el Realismo sucio del siglo XX.
A Raymond Carver , como al estío, se le vive como insolación: una vez expuestos a su brillo, acaba el lector achicharrado o atravesado.
En él todo es extraño, frío, distante, áspero.
Su obra —dedicada al cuento— tiene libros esenciales: '¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?' (1976), donde aparece la incomodidad doméstica, las parejas quebradas, la precariedad y los silencios; 'De qué hablamos cuando hablamos de amor' (1981) , en cuyas páginas los sentimientos se convierten en un territorio de incomunicación, dependencia y pérdida, y también 'Catedral' (1983) , del que conviene destacar 'Fiebre', un relato que transcurre durante el final de un curso escolar y la llegada del verano, mientras Carlyle, un profesor abandonado por su mujer, intenta reorganizar su vida y cuidar de sus hijos.
El calor y el cambio de estación producen el agotamiento y abandono que convierten en sinónimos al estío y al hastío.
Como en el verano a punto de llegar a su fin, en la literatura de Raymond Carver pocas cosas son dulces.Cuando se cumplieron diez años de su muerte, su editor, Gordon Lish , y su viuda, Tess Gallagher, alegaron, ni más ni menos, que fueron ellos quienes moldearon los relatos de Carver.
Aportaron ideas, los corrigieron y hasta los reescribieron.
El periodista D.T Max fue de los primeros en publicar todo el asunto.
Intrigado por la presencia de este editor, el reportero de 'The New York Times' viajó hasta Bloomington para visitar la biblioteca a la cual Gordon Lish había vendido todas las cartas y los escritos a máquina de Carver en los que estaban incluidas sus correcciones.
D.T Max fue y revisó.
Leyó uno de los libros de Carver ('De qué hablamos cuando hablamos de amor') e hizo cuentas.
Resultado: en su trabajo de editor, Gordon Lish había eliminado casi el cincuenta por ciento del texto original de Carver y había cambiado el final a diez de trece cuentos.
Con el tiempo, los lectores descubrieron que Lish había quitado a Carver el excesivo sentimentalismo y otorgó a sus personajes esa especie de planicie emocional y verbal que tanto se asocia al estilo del escritor, así como esos finales abruptos que convierten sus relatos en piezas únicas.
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