La ruta brutal de Chéjov hacia Sajalín
Nadie en su entorno llegó a comprender por qué el escritor de la perilla y los quevedos se obsesionó con un lugar tan remoto, hostil y desolado; ni siquiera su editor y amigo Alexéi Suvorin supo disuadirlo.
Entre las razones de mayor peso se barajaron la muerte por tuberculosis de su hermano Nikolái, el verano anterior, y la necesidad de apartarse por un tiempo del cepo familiar.
El caso es que Antón Pávlovich Chéjov cogió el portante hacia Sajalín, en el extremo oriental del imperio ruso: una isla alargada, con forma de delfín, entre la península de Kamchatka y el norte de Japón.
Acabaría definiéndola como “un lugar de sufrimientos insoportables”; entonces, en tiempos del zar Alejandro III, albergaba una colonia penitenciaria, como lo fueron los penales de Cayena, en la Guayana francesa, y Australia en sus orígenes.
Un enclave sin clima: solo mal tiempo.
El aullido del viento y el tintineo de las cadenas de los presos.
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