Las calenterías, un negocio en extinción en el Centro de Sevilla
Mucho antes de que El Comercio se abarrotase de asiáticos atraídos por la viralidad de las redes sociales y de que una franquicia local que hunde sus raíces en Estepa los dispensase a modo de cadena de comida rápida o de cine en centro comercial (vaso grande de cartón y locales con estética a juego a la marca), en Sevilla los churros se compraban en la calentería del barrio.
Y las del Centro, no sólo eran lugar de peregrinación para los locales en una tarde de compras, sino reclamo para turistas sin necesidad de listas de internet ni búsqueda de la foto que imite a la del influencer de turno.
Pero como ocurre con muchos otros negocios tradicionales de la capital andaluza, el de la churrería está en peligro de extinción.
Uno de estos históricos (valga la palabra por su larga trayectoria e impacto social) que acaba de echar el cierre en el Centro de Sevilla deja un poco más huérfanos a los vecinos del barrio de San Lorenzo.
No ocupaba un edificio singular, ni elaboraba un producto que no se pueda encontrar en otro lugar, pero con su clausura se va parte de la memoria sentimental de la gente del barrio.
Durante décadas, Anselmo y su esposa han regentado una churrería en la calle Conde de Barajas, a medio camino desde la Alameda a la basílica del Señor del Gran Poder.
Primero fueron los calentitos y después el establecimiento se especializó en otras comidas típicas de una freiduría.
Sin embargo, desde este verano ya no huele a aceite ni a pollo asado en este pequeño establecimiento situado muy cerca de la casa natal de Bécquer.Un ejemplo más de la transformación comercial de esta arteria, donde sobreviven muy pocos negocios tradicionales y abundan los locales de restauración.
Según ha podido saber este periódico, la extinción del contrato de alquiler del local y la falta de relevo generacional, han decantado la balanza.
El teléfono de pedidos ya no está disponible y google avisa: cerrado permanentemente.Anselmo ha decidido dejar este negocio «de los de toda la vida», referencia para las familias del barrio por sus churros de patata y calentitos, y por la buena mano con las tortillas, los pavías y el pollo.
Todo hecho con esmero y el tiempo necesario, por lo que eran habituales las colas.
Y muy especialmente los fines de semana, donde la afluencia de clientes se intensificaba en busca del chocolate y esa delicia de masa frita.El caso de Anselmo se suma a una larga lista de cierres de churrerías.
De hecho, como advertía la filóloga Lola Pons en su premiada tribuna 'Un café y unas palabras sevillanas' publicado hace tres años en este periódico, lo primero en desaparecer fue el propio término de calentería. «'¡Ahora, unos calentitos!' y me pregunto dónde fue, en qué esquina en Sevilla vi por última vez un lugar rotulado como calentería», se lamentaba.
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