Misa de bronce en San Luis de los Franceses
Calor de fin de semana de septiembre.
Sevilla se derrite en los paseos y se debate en los desayunos.
Por los entresijos de su Casco histórico vamos en busca de uno de los tesoros de su barroco.
Aquel que imaginó Leonardo de Figueroa hace más de tres siglos como Iglesia del noviciado de la Compañía de Jesús.
Dentro de San Luis de los Franceses hay murmullos previos a la ceremonia.
La gente se refresca con los abanicos y con la cara de esa Aurora Vargas, diosa de bronce esculpida por la gubia de Morenatti.
La Bienal, en su constante búsqueda por estar a la altura de lo que vende, ha apostado en esta edición por un ciclo de matinés, para demostrar que lo jondo tiene ese componente versátil de las cosas grandes, esa capacidad de adaptación de lo que, además de mimetizarse, ensalza lo que toca.
Sobre el retablo de la Capilla doméstica descansan tres sillas y el clave, instrumento que va a juego con el concepto de la discusión que el espectáculo pretende buscar entre lo ornamental y lo cabal.
Daniel Oyarzabal lo acciona en un susurro de teclas y por la puerta aparece andando poseído Pedro El Granaíno.
Gitano elegante, pañuelo a la garganta.
Cada paso es una sílaba de arte.
En mitad del pasillo de butacas se para y comienza a rebuscar algo en el pozo de sus entrañas que hace que retumbe el dorado de los altares.
El que escribe siente el miedo de la belleza suprema activando el vello de los brazos.
El silencio acompañaba al eco de un metal que repartía su viaje de San Román a la Basílica de Nuestro Padre Jesús de la Salud.
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