La visita del presidente argelino a España, una trampa que el Gobierno se ha tendido a sí mismo
Dieciséis años después, un presidente argelino vuelve a aterrizar en Madrid para apagar una tormenta que se abrió con el gigante africano en marzo de 2022 y que quizá termine incendiando otra con el vecino del sur.
Abdelmadjid Tebboune llegará a finales de octubre invitado por Felipe VI y por Pedro Sánchez, en una visita que en julio se vendió como la culminación de un deshielo y que hoy se parece bastante más a una trampa que el Gobierno se ha tendido a sí mismo.La invitación se cerró el 20 de julio, durante el viaje de Sánchez a Argel, el primero de un jefe del Ejecutivo español desde que decidiera respaldar el plan marroquí de autonomía y dinamitara con ello la relación con su principal proveedor de gas.
Aquel viaje funcionó por lo que se calló.
Hubo compromisos energéticos, cooperación migratoria, diálogo antiterrorista y fotografía institucional, y ni una sola mención al Sáhara Occidental, que es exactamente la cuestión que rompió la relación.Lo que llega en octubre tiene otro formato y otras exigencias.
La visita de Tebboune se ha diseñado como una cumbre bilateral con toda su liturgia, audiencia con el Rey, comparecencias ante la prensa, memorandos sectoriales y, sobre todo, una declaración conjunta que las dos delegaciones tendrán que negociar palabra por palabra durante las semanas previas.
Ese es el detalle que convierte la visita en un problema, porque una conversación reservada permite dejar asuntos fuera sin que nadie levante acta, mientras que un documento firmado por dos jefes de Estado obliga a nombrar o a omitir de manera deliberada, y las dos cosas se pagan.La cuestión saharauiY el asunto que nadie podrá esquivar en esa sala es el Sáhara Occidental.
Argelia no se sienta en ninguna mesa donde la cuestión saharaui pueda enunciarse fuera del marco de la legalidad internacional y del derecho de autodeterminación que Naciones Unidas lleva medio siglo reconociendo sin ejecutar, y mucho menos lo hará en el primer viaje de un presidente argelino a Madrid en dieciséis años, que Argel presenta ante su propia opinión pública como el cierre en firme de la crisis de 2022.
Si el texto final evita mencionar las resoluciones de Naciones Unidas, la declaración conjunta se queda en papel mojado para la delegación argelina, que no habrá viajado a Madrid para firmar generalidades sobre el gas.
Y si esas resoluciones acaban figurando en el documento, que es lo que Argel va a exigir, Marruecos lo interpretará como una traición al respaldo que Sánchez le regaló por escrito en 2022.
Basta con una línea, la que devuelve el expediente saharaui al terreno del derecho, para que salte por los aires la relación con uno de los dos vecinos.
Ese es el grado de sumisión que Rabat da hoy por adquirido, y ahí se cierra el laberinto.
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