El ferrocarril de la IA
Hay algo desconcertante en las últimas intervenciones de Dario Amodei, fundador de Anthropic.
Uno de los empresarios situados en la frontera de la inteligencia artificial pide ahora más regulación, supervisores independientes e incluso capacidad pública para frenar el despliegue de determinados modelos.
Es una petición insólita .
Normalmente, cuando una industria descubre una mina de oro reclama al Estado que no se acerque demasiado a ella.
Cuando empieza a pedir su intervención conviene preguntarse por qué.
La explicación de Amodei es la seguridad.
Puede ser que sea sincero.
Pero existe otra interpretación, no necesariamente incompatible: la industria de la IA está descubriendo que desarrollar una tecnología revolucionaria y obtener de ella una rentabilidad suficiente son dos cosas distintas.La historia económica conoce bien esa paradoja.
El ferrocarril transformó el siglo XIX mucho más de lo que probablemente hizo la mayoría de las empresas que lo construyeron.
Redujo radicalmente los costes de transporte, integró mercados nacionales, multiplicó el valor del suelo, impulsó la siderurgia, cambió la geografía de las ciudades y amplió la soberanía de los estados.
Generó enormes beneficios sociales.
Pero esos beneficios no siempre terminaron en el bolsillo de los accionistas ferroviarios.La 'Railwaymania' británica de la década de 1840 ofrece un precedente fascinante.
El ferrocarril era una tecnología real, no una estafa.
Las primeras líneas eran rentables y sus dividendos crecían.
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