El falso dilema de la inmigración
El falso dilema que nos propone elegir entre la protección de las fronteras y los derechos humanos es una de las trampas políticas más nauseabundas de la historia. Primero porque quienes desprecian la dignidad humana están fuera del marco moral. Segundo porque quienes desprecian la ... seguridad nacional también lo están. Los extremos rompen cualquier escala de valores y plantean debates irracionales basados en posturas pueriles. La solución siempre está en la relación equilibrada entre ambas necesidades. Hay una izquierda polarizada que piensa que toda la derecha es vil y que imparte lecciones de bonhomía a quienes plantean la defensa del territorio ante invasiones como la de Ceuta. Y también hay una derecha polarizada que piensa que toda la izquierda es sectaria y que proclama la xenofobia como respuesta a las tensiones migratorias. Pero todo es mucho más complejo.
La progresía debería entender si quisiese escuchar que el efecto llamada provocado por la laxitud en las fronteras fomenta a las mafias y, esto es aún más grave, desprotege a los inmigrantes cuando los mecanismos de acogida carecen de recursos, en tanto que su derechos elementales se ven menoscabados por la incapacidad del receptor de atender las necesidades básicas y por el destierro. ¿Alguno de estos pseudoprogres se ha preguntado alguna vez lo que supone para una persona que deja su hogar tener que vivir en circunstancias parecidas a las de su país de origen pero sin el cobijo de su familia? ¿Quién protege mejor los derechos de un menor, quien lo envía a un centro español con desconocidos o quien se encarga de volverlo a poner en manos de sus padres? El debate no es tan sencillo, pero la polarización adoctrina con consignas superficiales que pretenden resolverlo anillando a los discrepantes como mezquinos. Y a esto hay que añadir otro matiz clave: ¿por qué sólo hablan de los derechos del inmigrante y nunca sobre los del lugareño?
Por otra parte, los pseudoconservadores deberían comprender que las medidas extremas de devolución al agua son inhumanas y denigran a la sociedad que las practica. Es decir, ni efecto llamada, ni desprecio a la dignidad. El problema es que la polarización impide aplicar el sentido común. Y casi siempre la superioridad moral de los buenistas es grosera porque presupone maldad en el adversario, que a lo mejor es miembro de una organización católica que se encarga de atender a los inmigrantes durante todo el año, y altruismo en el gobierno de la pegatina, que a lo mejor no ha puesto un solo recurso para dar cobertura presupuestaria a sus maravillosas leyes progresistas. El verdadero avance consiste en defender las fronteras para que los países tercermundistas dejen de usar la desesperación de sus ciudadanos como armas, con el consiguiente enriquecimiento de las mafias, y en proteger los derechos de los que vienen a España de forma legal para que se integren y prosperen en igualdad de oportunidades.
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