EL PUEBLO Y EL PODER
Que el poder viene del pueblo es una de las grandes humoradas de la teoría política .
Esa presunción sirve para componer tesis doctorales vulgares, pero no para formar gobiernos.
El poder viene del poder , del dominio, de la fuerza, el pueblo no tiene nada que ver en eso.
Del pueblo nada más emanan manifestaciones de enérgica protesta y un penetrante olor a coles hervidas.
Cuando los autores de la Constitución española vigente escribieron que «la soberanía nacional reside en el pueblo» y «la justicia emana del pueblo», pudieron hacerlo sin ruborizarse porque sabían que, en sentido estricto, ninguno de ellos era pueblo.
También Sánchez se ha beneficiado de las saunas de su suegro , pero no contribuyó a fundarlas . ¿Comprendes, César? Al contrario que el gran Ignacio Sánchez Mejías, el poder es blando con las espuelas y duro con las espigas.
Blando con los poderosos y duro con los ciudadanos.
Por su propia naturaleza, como el escorpión, todo poder tiende a degenerar en poder absoluto.
Y si lo ejerce un individuo como Pedro Sánchez , el poder excita lo peor de su personalidad , hasta convertirlo en un ser protervo, obstinado en el mal.
A eso contribuye también el instinto de dependencia del pueblo soberano, siempre necesitado de un conductor de la caravana que le diga dónde hay que acampar y a qué hora reemprendemos mañana el viaje.
Es más cómodo que tonar decisiones por cuenta propia y pagar por ello.
El pueblo es, según todas las experiencias gubernativas, un amontonamiento de indecisos cabreados.
No resulta difícil manejarlo por quien tenga pocos escrúpulos y no le haga ascos a la sangre.
Los poderosos saben que todo es, al final, una cuestión de sangre.
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