Woody Allen, la neurosis que toca el clarinete
Más bien parece Woody Allen un señor al que hemos llamado para arreglar una avería en la cocina y ha terminado explicándonos en el salón que la verdadera avería somos nosotros.
Ha logrado de la debilidad una musculatura única.
Ahora viene a rodar a Madrid, que algo de novia última va a tener en su cine neurótico y urbano.
No está en su época mejor , pero es Woody Allen.
Mientras Hollywood fabricaba hombres que paraban un tren con los bíceps, Allen se nos apareció con la sabiduría de no atinar al abrir el frasco de las aspirinas.
Tenía miedo de las mujeres, del cáncer, de Dios, de los restaurantes malos, de los restaurantes buenos, del sexo, de la soledad y, sobre todo, mucho miedo de morirse mañana mismo .Con este ramo de terrores ha construido una de las filmografías más reconocibles del cine.
El hombre de Allen llegó a nuestras vidas para hacerse crónico, como tantas dolencias leves.
Enamoradizo, culto, hipocondríaco, culpable incluso de aquello que todavía no ha hecho, Allen podía convertir una cena romántica en un tratado sobre la muerte y una conversación sobre Kierkegaard en una tentativa de llevarse a una rubia a la cama.
Freud debió de verlo venir desde Viena.
Woody llevó el diván del psicoanalista al género cinematográfico.
Sus personajes no viven, en rigor, porque se diagnostican mientras viven.
El amor les ocurre, y enseguida quieren saber por qué.
Se enamoran con bibliografía, diríamos.
Hasta el adulterio parece necesitar una nota a pie de página.
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