Marcando territorio
No hace demasiado tiempo que hablarle a los equipos sevillanos del estadio de la Cartuja era prácticamente lo mismo que mentarles al diablo.
Nadie quería saber nada de aquel espacio inhóspito, totalmente abandonado y en el que era mucho más conveniente celebrar un acto o un concierto multitudinario que un partido de fútbol.
Porque el escenario era frío, no contaba con los mínimos exigibles para ser un lugar confortable para las aficiones y, por si fuera poco, adolecía de las infraestructuras necesarias para facilitar el acceso de decenas de miles de personas sin invertir casi dos horas en cruzar la ciudad.
La inversión realizada por el Gobierno de Juanma Moreno permitió que se recuperara al fin el recinto para la práctica deportiva, eliminando las pistas de atletismo, aumentado su aforo y ajustándolo a los estándares de calidad internacionales.La Cartuja sigue manteniendo varios de sus históricos problemas que se ponen de manifiesto en cada partido que allí se celebra, pero lo cierto es que la obligada mudanza del Real Betis por las obras en el Benito Villamarín ha demostrado que el estadio está capacitado para acoger encuentros con regularidad.
A los verdiblancos aún le quedan un par de temporadas en el exilio, las mismas que tiene firmadas en un convenio de exclusividad con la Junta de Andalucía.
Por eso, se ha entendido como un gesto de cara a la galería las declaraciones que esta semana ha realizado el presidente del Sevilla FC acerca de la futura obra del Sánchez-Pizjuán.
Del Nido Carrasco ha puesto en el horizonte la fecha de 2027, a sabiendas de que su máximo rival deportivo estará todavía ese año en la Cartuja, y siendo también consciente de las dificultades que tienen en Nervión para hacer realidad el proyecto de ampliación de su estadio.Quizás sea sólo una estrategia para marcar territorio, aunque no había necesidad de echar a pelear a las dos aficiones por el uso de la Cartuja.
Hasta el alcalde ha dicho que es difícil que ambos equipos pudieran convivir allí.
Al Sevilla, todo hay que decirlo, le faltan aún varios documentos urbanísticos, la financiación y, lo más importante, el apoyo de una junta de accionistas que lleva años sin aprobarle nada a un presidente en salida.
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