Políticos en vacaciones
En cuanto los marroquíes y los incendios forestales dan una pequeña tregua, hete aquí que los periódicos gallegos la aprovechan para recuperar las tradiciones del genuino reporterismo estival: las celebridades al sol y en porreta, las infinitas juergas gastronómicas, la Panorama y la París de Noia a campo abierto, las bastardeadas fiestas históricas y el veraneo de los políticos tomando el sol con el trasero en pompa.
Ahí, al veraneo de los políticos, quería llegar yo.
La grey política de la ciudad que habito, repartida en tres rebaños, ya ha salido a plana completa para explicar que su capacidad de sacrificio es tanta que en agosto, fíjense ustedes, siguen trabajando como siempre, es decir, incurriendo en los mismos errores, en los mismos favores, en las mismas idioteces y en los mismos insultos.
Recortan sus vacaciones, sí, pero no para mejorar la vida de los ciudadanos sino porque tiemblan al pensar que dentro de diez meses habrá que renovar ayuntamientos y diputaciones.
Y ahí te quiero ver, Macarena.
Los nenes ya están con los calzoncillos en modo eclipse solar; y a las nenas, con la tembladera, las bragas no les llegan al cuerpo.
Unos y otras dicen que su escaso ocio lo dedican a la lectura.
Se les nota.
A decir verdad, el único sincero es el portavoz nazi-onanista: el bueno del hombre reconoce su afición a trotar, como la unidad del general Monasterio.
Se agradece la franqueza.
El resto, lectura, mucha lectura: desde Tomás de Kempis a Maquiavelo, desde Castelao a Montero Ríos, desde Padrón a Meirás.
Yo me imagino a la señora alcaldesa con el Merlín de Cunqueiro en la mano, la mirada en el bosque de Silva y pidiéndole a Felipe de Amancia que le eche las cuentas de la mayoría absoluta.
Porque a ella no le salen.
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