Ceuta nos duele
Hay decisiones en la vida que te marcan para siempre.
Ceuta se convirtió en nuestro hogar en 2012.
Llegamos a la ciudad mi familia, nuestras maletas y mis sueños para responsabilizarme de la Delegación de la Agencia Tributaria.
Lo que iba a ser un reto profesional, al poco tiempo se convirtió en un cambio existencial, con la reposición de valores y de las prioridades que desde ese momento guiarían mi/nuestra vida.
Lo que era para apenas un año se extendió casi ocho años.La ciudad y los ceutíes nos abrieron las puertas de su casa de par en par.
Albergaba un salón, un espacio común, donde convivían religiones, ilusiones y una esencia de respeto que llenaba el aire.
Todavía recuerdo cuando mi hijo con apenas 8 años, recién llegado del colegio me preguntó: «¿Cuántos dioses existen papá?».
Ese día entendí que Ceuta nos iba a enseñar mucho, nos iba a cambiar para siempre y nos iba a hacer mejores.
A pocos kilómetros, se dibujaba la otra parte de España, la peninsular.
Tan unida a Ceuta como el cordón umbilical que conecta una madre con un hijo.
Enseguida conocí una Ceuta que tenía mucho que enseñar.
Una ciudad y una gente que te da mucho más de lo que tu eres capaz de entregarle.
En unos momentos geopolíticos muy convulsos, el nivel de tolerancia y respeto entre los ceutíes me resultó asombroso.
En solo 19 kilómetros cuadrados convivía una inmensa diversidad cultural, cuatro religiones… Pero todos los ciudadanos con el mismo sentido de comunidad, cuidando el respeto como el valor más sagrado.
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