Victor Hugo con calcetines
La Hispanidad, el rubeniano día de la «ínclitas razas ubérrimas», marca el final del verano extenso en Sevilla, con ese último fin de semana largo que antecede al puente de Todos los Santos, temprano reinicio de la primavera hispalense.
Como todavía invitaban las calores a que los turistas paseasen con estival atavío, uno pudo admirar –escrito quede sin ápice de ironía– a varios especímenes calzados con chanclas y calcetines, un rasgo civilizatorio al que en España seguimos siendo renuentes, con excepciones tan egregias como La Amargura, que los exige blancos y lisos el Domingo de Ramos bajo las reglamentarias sandalias de dos tiras y talón cubierto de color cuero claro.La visión del pie masculino es hórrida e intolerable, incluso en la playa, donde debería ser obligatorio el uso de escarpines cangrejeros, ese prodigio del diseño que protege tanto de la viscosidad del alga como del chinarro puntiagudo.
En blanco sigue el libro de los gustos, pero no negarán que es extravagancia rayana en la parafilia el placer de contemplar esa orgía de callos y protuberancias venosas rematada en cinco dedos, cada uno con su propia matita de cerdas hirsutas y sus cáscaras de mejillón por uñas.
Sin embargo, el problema de prescindir del calcetín no es estético, que allá quienquiera, sino higiénico.
Desnudos bajo la chancleta, el sudor facilita la impregnación de los pinreles con toda la porquería del suelo y, cuando se usan zapatillas de goma u otro material innoble, de una pestilencia asquerosa.Los habitantes del desierto, completamente cubiertos con chilabas de tejido transpirable para combatir las condiciones más extremas del planeta, nos enseñan que con mucho calor hay que taparse: se protege la piel y se aísla el cuerpo, que tiene mecanismos para autorregular la temperatura, igual que hacen en el trópico con las prendas de lino, mucho más eficaces que esas espantosas camisetas de tirantes que los modernos llaman «musculosas» pero que habrían de denominarse más bien «sobaqueras».
Igualito iba Felipe VI con su guayabera por La Habana que su vecino de usted, señora, cuando baja a tirar la basura disfrazado de alero de los Boston Celtics.Aunque en esta ciudad tan pagada de sí misma tendamos a erigirnos en la medida universal de todas las cosas, admitamos que un tuareg o un beduino es más ducho en la lidia del calor que un residente aljarafeño.
Incluso en casa me miran raro cuando salgo, aunque sea a recoger un paquete al portal, con mis incombustibles Doctor Scholl en piel sobre vistosos calcetines multicolores de hilo de Escocia.
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