Mamá, quiero ser rentista
Odiaba la dichosa pregunta.
Llegaba una visita a casa, los padres te obligaban a salir de tu habitación para saludar como un mono y, entonces, para corresponder la cortesía, los visitantes te preguntaban en plan simpático lo de «¿y qué quieres ser de mayor, chaval?».
Como no tenía ni idea, permanecía en silencio mirándoles fijamente mientras intentaba que mis ojos lanzasen rayos atómicos para desintegrarlos por hundir sus hocicos en mi sagrada intimidad.
Qué pelmas.
Nunca tuve pretensiones espaciales, con lo cual lo de ser astronauta no me interesaba.
Sólo imaginarme vagando por el cosmos vestido cual morcilla lechosa me fatigaba una barbaridad.
Policía o bombero no me convencía.
Demasiado arriesgado para mi escaso coraje.
No era lo mío.
Hasta que descubrí, leyendo no recuerdo qué, la figura del rentista .
Por fin encontré una desocupación acorde con mis aspiraciones de dulce vagancia.
Lástima que siempre me faltaron las rentas, pero ya me habría gustado disponer de ellas para rascarme las axilas y los huevos a diario entre libros, coñac y vinilos.
Creía que lo de ejercer de rentista era un mito, hasta que conocí a uno.
Ignoro el motivo por el cual algunos les han tomado tanta tirria.
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