Rubén Montoya, historiador: «Las minas y el aceite de Hispania fueron el motor económico del Imperio romano»
El siglo II a.
C. fue una época de jolgorio para Roma.
Tras la caída de Numancia, pesadilla de los ejércitos de la República, cientos de itálicos viajaron hasta Hispania atraídos por sus riquezas.
El tesoro más codiciado estaba bajo tierra, en las minas que rodeaban Carthago Nova –la actual Cartagena –, las más ricas del mundo antiguo.
Cuando el historiador griego Polibio las visitó en el año 151 a.C., quedó impresionado por su magnitud. «Cuarenta mil hombres trabajan de forma regular en ellas y proporcionan diariamente al pueblo romano unos ingresos de 25.000 dracmas», escribió, en un pasaje conservado por Estrabón.
Era una verdadera fortuna para una época en la que un legionario cobraba 120 dracmas al año.Los metales fueron uno de los mayores tesoros de la península ibérica. «Las minas hispanas representaron la columna vertebral financiera de Roma, sufragando sus ejércitos y sosteniendo su sistema monetario tanto en la República como en el Imperio».
Habla Rubén Montoya , doctor en arqueología, historiador y autor del reciente 'Hispania.
Una historia de Roma en Iberia' (Crítica).
Con todo, el experto también afirma a ABC que el oro, la plata, el cobre y el hierro no fueron las únicas riquezas que nutrieron las arcas de la 'Urbs Aeterna': durante más de seis siglos, hacia el exterior fluyeron ríos de aceite, salazones costeras, toneladas de vino...
Y a cambio, desde Italia llegaron arquitectos, ingenieros, administradores y un nuevo sistema económico que transformó para siempre el territorio.Pero no fue el Senado el primero en suspirar por las bondades que ofrecía la península ibérica. «Para Cartago, que en la Primera Guerra Púnica había perdido Sicilia y Cerdeña y se veía asfixiada por las deudas frente a Roma, Iberia supuso la salvación económica y militar.
La dinastía de los Bárcidas vio en ella una fuente inagotable de plata y metales preciosos con los que pagar sus indemnizaciones, además de un territorio idóneo para reclutar potentes contingentes de mercenarios indígenas y refundar su imperio», explica Montoya.
En el 237 a.C., Amílcar Barca cruzó el Estrecho, estableció su base en Gades (Cádiz) y se expandió por el territorio.
El siguiente paso, el natural, era Italia.
Esa fue la espita que impulsó la actuación de la 'Urbs'.«Para Roma, la incursión inicial respondió a una necesidad táctica: cortar la arteria vital de hombres y provisiones que sostendría la marcha de Aníbal hacia la península itálica por los Pirineos», señala el experto.
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