Marruecos monitoriza al gobierno Sánchez
Desde la Marcha Verde cuando Hasan II aprovechó el vacío de poder y el aislamiento internacional del régimen franquista, Marruecos ha intentado monitorizar la política española.
Sus cartas: marroquinidad del Sahara, Ceuta, Melilla y, ya puestos, las Canarias.
Mientras España contó con el primo Zumosol yanqui, los trapicheos del vecino de abajo se saldaban con una solemne declaración sobre el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui y la españolidad inequívoca de Ceuta y Melilla.
Tras la bravata marroquí transcurría un tiempo de calma chicha y vuelta a empezar.
La geopolítica alauí cursa cual dolencia crónica: puede aliviarse, pero no se cura nunca.Todo cambió en 2003: Zapatero se hizo el chulo contra la guerra de Irak y permaneció sentado al paso del Ejército norteamericano en el desfile del 12 de octubre: «Apoyábamos y tomábamos muy buena nota del plan de autonomía del Gobierno de Marruecos sobre el Sáhara Occidental».
Lo dice Miguel Ángel Moratinos, exministro de Exteriores, muñidor (todavía) de la fantasmagórica Alianza de Civilizaciones.
Con Sánchez se reactivó la obsesión antiamericana de su enjoyado e infantiloide mentor.
Para desviar la atención sobre las miserias socialistas el Resistente desafió a Trump, otro tan chulo como él: prohibió que los aviones estadounidenses repostaran en las bases españolas para atacar a Irán.
A mayor corrupción y asedio judicial, más antiamericanismo y antijudaísmo.
Si a eso le añadimos los desplantes a la OTAN por el gasto militar, el terreno estaba abonado para que Marruecos, asociado desde 2020 a Estados Unidos e Israel por los pactos de Abraham y fiel peón de la geoestrategia americana, juegue con mejores cartas: además del peor de la democracia, el Gobierno Sánchez está más monitorizado que nunca por Marruecos.
La situación no es la misma que cuando la invasión marroquí de Perejil de 11 de julio de 2002.
Aznar la neutralizó en seis días sin una baja: el primo Zumosol yanqui seguía disponible si se le necesitaba.
Pero la España de Sánchez está sola: Estados Unidos solo ve a un aliado de la OTAN díscolo y propalestino; la Unión Europea, un presidente que blasona de verso suelto en la relación con China y la gestión migratoria: la regularización-coladero ha devenido en efecto llamada.
A cada iniciativa del Gobierno español sigue la réplica marroquí.
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