El pecado mortal de Sydney Sweeney
Pertenezco al reducido grupo de humanos que no echaría a patadas de su cama a Sydney Sweeney.
Le tengo bastante respeto.
Creo que ha de ser muy difícil convertirse en un icono sexual.
Alberto Olmos explica en 'Tía buena', con esa capacidad portentosa suya para analizar lo que tenías delante de la cara sin darte cuenta, que para convertirse en tal cosa no basta con ser guapa y demás, sino que hay que trabajar mucho.
Según Olmos, la tía buena nace de una autoconciencia que algunas mujeres tienen (y otras no) sobre el poder que ejerce un parpadeo en los demás.
Y exige una coreografía complicada cada vez que hay alguien mirando.
Sweeney es muy buena en lo de ser tía buena.
Camina despreocupadamente por un terreno que la mayor parte de las mujeres que conozco consideran insoportable.
Como la Monroe, sabe qué pedales pisar para que los hombres aceleren, pero a diferencia de aquel juguete roto, Sweeney obtiene beneficios millonarios y acrecienta su patrimonio.
Factura y no le da la más mínima vergüenza hacerlo.
Es la encarnación de todo lo que Catherine Hakim explicó en otro libro fundamental para entender cómo funciona el mundo: 'Capital erótico'.Sweeney, que es buena actriz, ha empleado sus ganancias en hacerse empresaria.
Ha cumplido los 29 y sabe que su belleza ha de marchitarse, así que pone los huevos en muchas cestas.
Invierte en empresas, como la casa de apuestas deportivas para machotes para la que protagoniza un anuncio, de la que además es accionista.
Yo me imagino la reunión para lanzar esa empresa.
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