Flamenquear aura
Las butacas del Teatro Central se llenaban.
Hasta la Isla desierta de La Cartuja llegaba un público internacional que se mezclaba con el sevillano.
Rumor de gran cita por los pasillos.
Refrescaba compulsivamente un señor de gafas y bandolera la pantalla de su móvil viendo si se movía el marcador en el Pizjuán.
Lo alternaba con otra pestaña en la que repasaba la biografía de Rosario 'La Tremendita'.Se dejó ver la trianera bajo el humo de un triángulo de luz azul que se proyectaba sobre el escenario.
Reina vikinga provista de pieles, abrigo de plumas de colores.
Pinturas de guerra decorando la silueta de una bestia salvaje que aullaba almíbar.
Lo psicodélicamente jondo.
Jazz y funk sobre un lienzo siempre en disposición de romper en flamenco.
Tras despertar del letargo cogió el arma eléctrica en las manos.
Seguriya.
La batería de Manuel Reina eran los tambores de una guerra con un estandarte hecho hembra.
Todo es claro, brilla sobre las tablas una luz limpia, pura, de descansillo del cielo.
Hasta ahí, explica Rosario, «ha llegado después de mucho transitar, de arrancar muchas capas: al menos es más».
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