La sonrisa de Pablo
El señor Krier era el abuelo de Félix y Sandra, mis amigos y vecinos en Barcelona.
Vivíamos en el mismo rellano de la calle Caballeros.
Era el principio de los años ochenta.El señor Krier era uno de los banqueros más importantes de España, presidente del Banco Comercial Transatlántico, el principal puente financiero y operativo entre el tejido empresarial español y el capital de la entonces Alemania Occidental.
Era alto, corpulento, muy alemán.
El polo siempre impecable y por dentro de la bermuda.
Pero a su manera, opapa -como le llamaban los que en realidad eran mis amigos, Félix y Sandra-, o simplemente Pablo, como le llamaba yo, estaba siempre dispuesto a la conversación.Su finca de Gavá, donde yo pasaba largas temporadas invitado, era la única que estaba en la playa.
Quizá por ello, el día que un delfín varó, fuimos los primeros en enterarnos por los gritos y el tumulto.
En la finca no había piscina pero sí un estanque de unos tres metros de largo y uno de profundidad que siempre había estado ahí sin que a nadie se le hubiera ocurrido muy bien qué hacer con él.
No sé quién, ni cómo, llegó a la conclusión de que el delfín estaba enfermo y que necesitaba atención veterinaria, y los más forzudos lo cargaron hasta el estanque y los demás corrimos con cubos al mar para llenarlo de agua salada.
Llamamos a Román Luera, que casualmente estaba en Castelldefels, hospedado con su esposa en casa de mi abuela.
Don Román era el gran veterinario de aquellos tiempos y enseguida llegó y confirmó que el animal estaba enfermo, le administró unas inyecciones que hicieron rápido su efecto y se puso en contacto con el director del zoo de Barcelona, que mandó a un equipo para que cargara al delfín en un camión con un gran tanque de agua y lo llevaran al Aquarama.
Para mí, aquella escena fue muy impactante porque los delfines han sido siempre mis animales más queridos.
Y yo, sin tener en cuenta ningún aspecto práctico, pedí que nos quedáramos al delfín y que le construyeran una piscina cómoda entre los pinos.Mis padres y los padres de mis amigos me hicieron ver todos los inconvenientes para el bienestar del animal, me dieron todas las explicaciones posibles sobre por qué en el zoo estaría mejor y yo me puse a llorar.
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