Usted pasará la noche en la cárcel
-Bájese del coche -me ordenó en inglés el agente policial, sin pedirme la licencia de conducir ni los papeles vigentes de la registración y el seguro.Temeroso, lo obedecí en silencio, al tiempo que leía su apellido de origen hispano en la placa que llevaba en el pecho.-Usted pasará la noche en la cárcel -me dijo el policía, mientras su colega me maniataba con unas esposas metálicas.Era el último lunes de junio, poco antes de las ocho de la noche, y todavía no había oscurecido.
Un coche gris de la policía, que no estaba pintado como suelen estar los coches de la policía, y no lucía sirenas ni emblemas como lucen los coches regulares de la policía, y por tanto no era fácilmente visible o reconocible como un coche de la policía, y debía de ser entonces un coche camuflado o encubierto de la policía, me había detenido en la autopista que bordeaba el aeropuerto. -Usted está acusado de conducir temerariamente -me informó el agente-.
Es una ofensa criminal.
Por eso irá a la cárcel.Nunca me habían esposado hasta aquella tarde aciaga.
Nunca había pasado una noche en la cárcel.
Nunca me habían acusado de ser un criminal.
Después de esposarme, los policías me empujaron al asiento trasero de su coche camuflado.-¿Quiere hacer una llamada antes de ir a la cárcel? -me preguntó el más agresivo.-No -le dije.Me habían detenido por invadir el carril del bus, al lado izquierdo de la autopista.
Lo hice porque el tráfico vehicular era espeso, desquiciante, endemoniado, y entonces sucumbí a una crisis nerviosa pensando que no llegaría a tiempo al estudio para salir en mi programa de televisión a las nueve de la noche.
Había salido demasiado tarde de casa porque me quedé viendo el partido entre los alemanes y los paraguayos por el mundial de fútbol, un partido que se prolongó a tiempo suplementario y penales.
Al salir de casa a las siete y media de la tarde, pensé que llegaría a tiempo al estudio, sin calcular que acabaría atrapado en un atasco colosal.
Impaciente, frustrado, desesperado, me colé en la línea de los buses, sobrepasando deprisa a los coches detenidos en el embotellamiento, mirando de soslayo por si distinguía en el horizonte a uno de la policía.
No reconocí al coche camuflado que me persiguió y detuvo más allá porque estaba pintado de gris, sin sirenas, sin distintivos, sin rótulos, sin marcas, un coche que, al pasar inadvertido como uno de paisano, me indujo a pensar erróneamente que podía seguir avanzando sin riesgos por el carril reservado a los buses.-No he cometido un crimen -les dije a los agentes, mientras ellos, sentados en los asientos delanteros del coche, revisaban en una computadora mis antecedentes-.
Invadí la línea del bus porque tenía que llegar al estudio de televisión.
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