El metro de las obras
Obras son amores, pero con dolores.
No conozco a nadie que haya cambiado el cuarto de baño de su casa sin sufrimiento.
Entre los célebres 'poyaques', el polvo que llega hasta el retrato de la Comunión del niño que está en el anaquel alto del mueble del salón, el albañil que hoy se ha puesto malo y no puede venir, las duchas en casa de los padres durante un mes más de lo previsto, los vecinos protestando porque la cuba está ocupando una plaza de aparcamiento y los azulejos que van a tardar una semana más porque en la fábrica ha habido un problema, la obra se acaba convirtiendo siempre en un suplicio.
Sobrecoste aparte.
Sin embargo, cualquiera sabe que llega un momento en que la reforma del baño se acaba convirtiendo en una obligación porque la ducha se atasca, la bañera es incómoda, el lavabo está despegado y se ha abombado el alicatado que está junto al espejo.
Es la vida misma.
Y a las ciudades les ocurre exactamente igual.
El costumbrismo sevillano ha incorporado esta disyuntiva a su lista de tradiciones.
Si un alcalde no arregla nada, le echamos a los cuatro años por incompetente.
Si se propone arreglarlo todo, a lo mejor le echamos también por incómodo.
Claro que una calle levantada es un coñazo y que las yincanas en coche para conseguir llegar de un punto a otro en Sevilla evitando vallas son cada vez más tediosas, pero cuando esas obras terminen se habrán renovado las infraestructuras subterráneas, el pavimento, los acerados, la arboleda y la fisonomía de cada lugar para adaptarlo a la actualidad y garantizar la prosperidad de esa zona durante al menos 30 años más.
Las obras molestan, sí, pero para solucionar problemas mayores.
Esta semana hemos sabido que las obras del metro por la Ronda Histórica han tenido que aplazarse sin nueva fecha porque la complejidad técnica del trabajo obliga a retrasar la adjudicación.
Forma parte del día a día de este tipo de proyectos.
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