Es imposible despejar esta X
Tercera noche consecutiva en la que el Alcázar se convierte en la guarida del mejor flamenco que se pueda escuchar.
Anda la piedra de las murallas recubierta de la esencia, con el león del azulejo ensayando en un delirio infantil rugidos de arte, aguardando para acoger en su interior una de las propuestas más auténticas, la que protagonizan tres de los clanes que vertebran uno de los territorios cuya singular impronta marcó y sigue marcando la historia del flamenco.
En Jerez de la Frontera el flamenco no se aprende, se mama.
Sale de los bordillos, de las calichas, habita en el líquido amniótico, en los pies descalzos, en las cazuelas, en las sillas de plástico, en los moños.A eso vienen los tres representantes de cada uno de los rincones de la tierra del vino, a traer ese personalísimo concepto a los altares del cante, a honrar el legado de sus genealogías.
Luis el Zambo , por parte del barrio de Santiago, Dolores Agujetas , encarnando a la Plazuela y Antonio de la Malena portando ese divino cruce entre Jerez y Lebrija.
Todos ellos bajo la batuta y el toque de Manuel Valencia, que dirige este espectáculo bautizado como 'Xerezanías'.En la Plaza del Triunfo corre un aire muy rico, que hace que algunos se congratulen del clima y que otros se preocupen por si luego van a echar en falta haber cogido una rebequita.
Dentro, en el Patio de la Montería los acomodadores van ordenando la afluencia, a algunos les piden que ejerzan de fotógrafos de oficio.
Un hombre, loco por la música, comenta que echa en falta un ambigú.
Él mismo termina de responderse que claro, que estamos en el Alcázar, y que tampoco es plan de que rueden botellines.
Emilio Morenatti, en mitad del pasillo, prepara su objetivo como el que prepara un cañón que petrifica momentos, apuntando hacia la fachada mudéjar del Palacio del Rey Pedro I.
De los focos sale una neblina embaucadora que se aprecia cuando se apagan las luces y solo se ilumina el escenario.
Manuel Valencia y Manuel Salado salen con las sonantas y tras unos toques sobre el envés de la guitarra comienzan a tocar mientras que Javier Peña y Juan Diego Valencia hacen palmas.
Antonio de la Malena sale de una esquina con un traje azul mediodía en Sevilla, pelo blanco hacia atrás, camisa por fuera y nudo de la corbata en huelga.
Canta con los ojos cerrados mientras los nudillos de los percusionistas se chocan con una pequeña mesa.
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