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Muros y fronteras

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Muros y fronteras

Los doce años de Felipe VI parecen veinte y los ocho del sanchismo casi una eternidad, tal y como calculó el presidente del Gobierno el domingo por la tarde, momento en el que se le debió revelar en el cielo una señal –tal vez el parpadeo de una estrella muerta o un tren de satélites lanzados por Elon Musk– que le indicaba el camino a seguir: al futuro por el pasado, es decir, por la insistencia, pues el tiempo es relativo pero tú eres necesario, o algo así.

En la entrevista de la Ser, Sánchez sugirió que ocho años en el poder son muchos, pero rápidamente precisó que más allá de él no hay alternancia, solo fascismo, y que no podemos prescindir de sus gestas si queremos seguir viviendo en el lado bueno de la historia. «Hoy no tenemos una propuesta de alternancia (...) Estamos hablando de una involución que se ha visto en otras partes del mundo y que yo, desde luego, voy a pelear con uñas y dientes para que no se dé en nuestro país», soltó, coqueteando con otra idea de eternidad, mucho más peligrosa.

La afirmación ha causado escándalo, pero es un razonamiento lógico para quien convirtió su discurso de investidura en un llamamiento a levantar un muro que separara el bien del mal, el progreso del regreso, el día de la noche. «O bien abrimos la puerta a ese movimiento o lo frenamos en seco, erigiendo un muro de democracia, de convivencia y de tolerancia», dijo, y desde entonces ha trabajado en ello a destajo, sin miedo a bajar al fango a por más material de construcción, siempre con la ayuda de sus incansables servidores públicos, que en unos años darán clase de periodismo y hablarán a sus alumnos de valentía, libertad de expresión y vigilancia del poder y omitirán el pequeño detalle de quién pagaba sus sueldos como obreros de la polarización. —Lo más importante es la proporción: mitad barro, mitad fango.—Cuanto más masa, mejor se pasa.—¿Y esto se verá desde el espacio?Que Sánchez haya convertido el muro en su razón de ser política es hoy doblemente contradictorio: no solo lo acerca a los postulados del trumpismo y de la internacional ultraderechista de la que abomina, también lo enfrenta a la paradoja de que el mismo presidente que ha erigido el gran muro de nuestra democracia haya descuidado de este modo sus fronteras frente a un reino más propio del antiguo régimen.

En su día, el Muro de Adriano marcó la frontera entre la civilización y la barbarie; su construcción, sin embargo, supuso el final de la expansión del imperio, el momento en el que ya solo se podían defender de lo que viniera.

Del mismo modo, Sánchez ya solo puede defender lo que le queda.

No tiene nada que decir sobre el futuro, por eso ya solo se presenta como lo viejo por conocer.

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