La eterna víspera de Sevilla
El sevillano es un ser paciente.
Lo han acostumbrado a eso.
Al fin y al cabo, pasa gran parte de su vida esperando, en una eterna víspera de lo que está por venir.
La ciudad es una promesa y un calendario.
Un rito, a veces estacional, a veces infinito.
El 'homo hispalensis' vive en un presente inacabado, quizá porque idealiza el futuro quimérico, quizá porque alberga la esperanza en que terminen de pasar las horas de esta distopía en la que anda sumida esta tierra profética.
Lo mismo respira las señales del preludio de la primavera que habita en la inminencia del tren que aguarda y nunca llega por la Ronda y Santa Justa.
Evoca a Cernuda y cuenta los tirantes del puente, que son manecillas del reloj parado de un Ministerio del Tiempo... sin tiempo.
Y pasa horas punta de vigilia diaria tratando de cruzar el sentido único de Sevilla, que es el atasco y la abstinencia.
La eterna víspera de Sevilla es el tiempo que va de punta a punta, desde Santa Clara a la Cartuja, del Policlínico al Virgen del Rocío, de Gines a Heliópolis, de Nervión a La Rinconada, de la Puerta Osario a la Puerta Real.
Tan cerca y a la vez tan lejos.
El coche es la unidad de medida de nuestro fracaso y también de nuestro ingenio.
Cómo, si no, se orienta el ciudadano ante tantas obras sincronizadas para hacerlas todas juntas, como la sevillana de Chiquetete... «en el mismo sitio y a la misma hora».La rutina de esta víspera del gozo es imperecedera.
Nos pasamos la vida perdiéndonos en un laberinto, degenerando y callejeando, calculando la ruta del GPS de nuestra sevillanía.
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