La despolitización de nuestra vida
Cuando no éramos tan susceptibles, la política tenía la generosidad de ocupar bastante menos espacio en nuestra vida.
Uno podía pasarse varios días sin conocer la última ocurrencia de un ministro, ni el ministro sentía esa necesidad adolescente de ser ocurrente.
El Estado funcionaba sin convertirse en el perejil de todas las salsas.
Se votaba, protestábamos lo necesario y seguíamos con nuestras cosas.
Últimamente nos han calzado la política hasta en el café y esta nueva costumbre de politizarlo todo es quizá una de nuestras grandes desgracias.
Está en la cultura, el deporte, la educación, la justicia, las terrazas y las sobremesas.
Hemos repartido carnés imaginarios y llevamos el sello preparado.
Una película, una canción, un chiste, una camiseta o unas declaraciones sirven para colocar al prójimo en el bando correspondiente.Esta invasión necesita ruido y furia para mantenerse.
Cada mañana aparece una polémica y antes del desayuno ya tenemos culpables, víctimas, indignados y expertos.
Además, los culpables y los expertos son siempre los mismos.
La otra media España siempre tiene la cualidad de encontrar la narrativa adecuada para cada batalla.
Los políticos colaboran encantados porque sospechan que nos acordaremos de ellos.
Durante unos años salen en televisión, cortan calles, llevan coche oficial, directores de comunicación, fotógrafos y una persona que les avisa de que tienen otra persona esperando.
Entran por puertas que los demás desconocemos y pronuncian frases imaginando a un estudiante de la PAU subrayándolas en un libro de Historia.
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