José y la generosidad
En la parábola del Génesis 47 se narra una época crítica en Egipto.
Una gran hambruna dejó sin alimento a la población que, debilitada, acudió a José, administrador de las reservas, para comprar grano.
Cuando los egipcios agotaron sus recursos, suplicaron que no los dejara morir.
José aceptó entonces sus animales como pago y les proporcionó comida para sobrevivir, pero el ganado también se agotó.
En ese momento crítico, José actuó con una profunda visión de generosidad.
No cerró los graneros reales ni desamparó a los necesitados; al contrario, ofreció una alternativa justa: decidió regalar las semillas al pueblo para que cultivara nuevamente.
De cada cosecha, una quinta parte correspondería al pago; el resto serviría para alimentar a las familias y volver a sembrar.
La gente aceptó el acuerdo con gratitud, convencida de que José le había salvado la vida y permitido comenzar de nuevo con esperanza y dignidad, logrando erradicar la debacle.
Cuando me encontré con esta parábola, no pude evitar pensar en mi infancia y en aquella red de ayuda que conformé con mis amigos en la primaria.
No es que hayamos sufrido un hambre atroz, sino que junto con ellos estructuré un sistema de ventas de golosinas en la escuela, cuyas ganancias compartíamos todos.
Lo cuento rápido: cuando iba en cuarto de primaria, me urgía ya hacer un negocio.
Con mis ahorros, le pedí a mi mamá que me llevara a la Merced a surtirme de dulces.
Comencé a venderlos en la escuela, pero a escondidas.
Las primeras dos semanas la venta era lenta, hasta que se me ocurrió decirle a mi mejor amigo que me ayudara a vender y que compartíamos las ganancias.
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