“Recontraviva”, la historia de resiliencia de sobrevivir a dos cánceres de mama
A veces las miro, hay que decirlo.
Tengo que estar sola, tengo que estar tranquila, se me tiene que haber cruzado algo o haber visto, no sé, una mancha, o haberme preguntado cuánto va a durar el tatuaje que simula -chato, pero efectivo-, un pezón.
A veces miro mis pechos, mis senos, mis tetas y siempre pienso que es una suerte que estén ahí, que yo esté acá mirándolas.
Aunque muchas veces me ría y diga que “son de plástico”.
Aunque cuente que un señor en el subte se chocó conmigo de frente y rebotó.
Aunque a veces pesen, aunque a veces duelan.
Las miro -hay que decirlo- y un poco me dan ternura.
Dos meses después de la operación, hice esto, mirarlas, en un hotel en Emiratos Árabes Unidos , adonde había ido por trabajo.
Era un lindo hotel, grande.
Salí de bañarme, me planté frente al espejo entero y las observé despacio: las cicatrices, las imperfecciones, la consistencia.
En eso estaba cuando atronó una sirena.
Fuerte, llenando la habitación: una sirena en el cuarto de una mujer desnuda en Emiratos Árabes.
Sí, es idiota, pero me puse el pijama volando, volando me metí en la cama y tardé un rato en calmarme: no me animé ni a llamar a la recepción para preguntar qué había pasado.
Algo conectaba la sirena con esa prótesis: una alarma.
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